La felicidad desde la psicobiología

Psicobiología de la felicidad: el equilibrio entre la alegría y la adaptación

La felicidad ocupa un lugar privilegiado entre las aspiraciones humanas. Una conocida frase, atribuida a John Lennon aunque sin una fuente histórica plenamente confirmada, afirma que, cuando le preguntaron qué quería ser de mayor, respondió: «Feliz».

la felicidad

Pero ¿qué entendemos realmente por felicidad?

Con frecuencia la identificamos con la alegría intensa, con el placer o con una sucesión ininterrumpida de emociones positivas. Desde esta perspectiva, cuanto mayor fuera la alegría, mayor sería también la felicidad.

Sin embargo, la psicobiología sugiere que esta identificación puede ser engañosa.

La felicidad no es lo mismo que la alegría

La alegría es una emoción. Como todas las emociones, tiene una función adaptativa: reforzar determinadas conductas, motivarnos para repetir experiencias beneficiosas y facilitar nuestra interacción con el entorno.

La felicidad, en cambio, parece ser algo más amplio. No consiste en vivir permanentemente alegres, sino en mantener un equilibrio suficientemente estable entre las emociones positivas, las emociones negativas y nuestra capacidad para adaptarnos a las circunstancias.

Dicho de otro modo, la alegría forma parte de la felicidad, pero no la agota.

Los neurotransmisores no producen la felicidad

Cuando hablamos de psicobiología es frecuente escuchar expresiones como «la serotonina es la hormona de la felicidad» o «la dopamina produce felicidad».

Estas afirmaciones simplifican en exceso el funcionamiento del cerebro.

felicidad

En condiciones normales, los neurotransmisores no son la causa de la felicidad. Son los mediadores mediante los cuales las neuronas se comunican cuando respondemos a aquello que vivimos.

Una conversación agradable, una caminata por la naturaleza, el nacimiento de un hijo, un proyecto conseguido, una expectativa ilusionante o el recuerdo de una persona querida activan determinados circuitos cerebrales. Como consecuencia aparecen cambios neuroquímicos.

La secuencia es importante.

No somos felices porque aumente la dopamina. Aumenta la actividad de los sistemas dopaminérgicos porque estamos viviendo, recordando o anticipando experiencias que nuestro cerebro interpreta como valiosas.

alegría y felicidad

La química cerebral no inicia la historia. La acompaña.

Un cerebro diseñado para adaptarse

¿Por qué existe entonces la felicidad?

La evolución ofrece una posible respuesta.

La selección natural no favorece organismos porque sean felices, sino porque consiguen adaptarse mejor al medio, sobrevivir y transmitir sus genes.

Desde esta perspectiva, las emociones positivas constituyen un mecanismo extraordinariamente eficaz para reforzar conductas adaptativas: alimentarnos, explorar, aprender, cooperar, establecer vínculos afectivos o cuidar de nuestros hijos.

La alegría sería el refuerzo inmediato.

La felicidad sería el resultado de que esa adaptación funciona de manera equilibrada.

¿Existe un techo para la alegría?

Esta distinción permite responder a una pregunta interesante.

¿Podemos ser cada vez más felices?

Si identificamos felicidad con alegría intensa, probablemente existe un límite.

felicidad y paz interior

Nuestro cerebro posee una enorme capacidad para acostumbrarse a las mejoras. Aquello que inicialmente nos entusiasma termina formando parte de la vida cotidiana. Es el fenómeno conocido como adaptación hedónica.

Por eso los avances materiales no producen un incremento indefinido del bienestar.

Disponemos de antibióticos, automóviles, calefacción, internet y una esperanza de vida muy superior a la de nuestros antepasados. Sin embargo, no parece razonable pensar que experimentemos una alegría diez veces mayor.

Incluso es posible que un neandertal sintiera una intensa satisfacción al encontrar alimento, reunirse con su grupo o contemplar el nacimiento de un hijo. Cambian las circunstancias; los mecanismos básicos de recompensa probablemente siguen obedeciendo a una lógica semejante.

Lo que parece tener un techo no es la felicidad entendida como equilibrio, sino la intensidad de las emociones positivas.

Cuando el sistema de recompensa pierde el equilibrio

Los experimentos clásicos sobre autoestimulación cerebral y los estudios posteriores sobre drogas mostraron que algunos animales podían llegar a preferir la estimulación artificial de sus circuitos de recompensa antes que la comida.

Durante años se interpretó que el cerebro buscaba simplemente la máxima cantidad posible de placer.

Sin embargo, investigaciones posteriores demostraron que el contexto cambiaba profundamente ese comportamiento. Animales criados en entornos ricos en estímulos, relaciones sociales y posibilidades de exploración desarrollaban mucha menos conducta adictiva.

La enseñanza resulta muy reveladora.

Los sistemas de recompensa no evolucionaron para perseguir placer sin límites.

Evolucionaron para reforzar conductas adaptativas.

Cuando esos mecanismos son secuestrados por estímulos artificialmente intensos, dejan de servir a la adaptación y pueden convertirse en un factor de destrucción.

La felicidad necesita del mundo

Todo ello conduce a una reflexión importante.

Buscar la felicidad es una aspiración profundamente humana.

Pero esa búsqueda puede equivocarse de dirección si se reduce a perseguir emociones agradables o a evitar cualquier forma de sufrimiento.

La felicidad no parece crecer cuando nos aislamos del mundo para sentirnos bien. Crece cuando encontramos una forma saludable de estar en el mundo.

Las relaciones personales, el compromiso con los demás, el trabajo creativo, el aprendizaje, la naturaleza, el cuidado de quienes queremos o la participación en la comunidad no son simples fuentes de placer. Constituyen el contexto en el que nuestro cerebro ha evolucionado para desarrollarse.

Quizá por eso la felicidad no pueda entenderse como una experiencia encerrada dentro del cerebro.

Es una propiedad que emerge de la relación continua entre el organismo y su entorno.

Una propuesta desde la psicobiología

Tal vez hemos confundido durante demasiado tiempo felicidad con euforia.

La psicobiología nos invita a distinguir ambas realidades.

La alegría es una emoción necesaria.

La felicidad es el equilibrio dinámico que permite integrar esa alegría con la capacidad de afrontar las pérdidas, adaptarse a los cambios, mantener vínculos significativos y seguir encontrando sentido a la propia existencia.

No vivimos para experimentar la máxima cantidad posible de placer.

Vivimos para adaptarnos, crecer y relacionarnos con el mundo. Y cuando ese equilibrio se alcanza, aparece algo que reconocemos como felicidad.

Quizá, después de todo, la felicidad no consista en sentir más alegría que nadie, sino en encontrar la mejor manera de vivir plenamente en la realidad que nos ha tocado habitar.

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