Los años que tengo
El famoso científico, ya entrado en años, acababa de impartir una brillante conferencia en la Universidad de Bolonia.

Entre el público, un joven levantó la mano.
—He quedado profundamente impresionado por su ponencia, señor. Ojalá algún día pueda alcanzar aunque sea una pequeña parte de su sabiduría. Dígame, ¿cuántos años tiene?
—Entre ocho y diez —respondió el científico.
La afirmación chocaba con la blancura de su barba. El auditorio se miró, desconcertado. Entonces él, advirtiendo la sorpresa, añadió con serenidad:
—Tengo, en efecto, los años que me quedan por vivir. Los que ya he vivido no los tengo, del mismo modo que no se tienen las monedas que ya se han gastado.
La escena es sencilla, casi ingenua. Y, sin embargo, encierra una verdad que descoloca.
Vivimos diciendo nuestra edad como si fuese una posesión. “Tengo sesenta años”. “Tengo cuarenta y cinco”. Pero ¿qué significa realmente ese “tengo”? Los años vividos no están en nuestras manos. No podemos volver a ellos. No podemos modificarlos. No podemos habitarlos de nuevo. Nos han atravesado y han quedado atrás.
Son experiencia, memoria, aprendizaje. Pero no son tiempo disponible.
El científico, con su respuesta paradójica, desplaza el foco hacia lo único que verdaderamente poseemos: el tiempo que aún no ha sido gastado. El tiempo que todavía puede convertirse en gesto, palabra, abrazo, decisión.
Muchas veces vivimos en diferido. Esperamos el momento ideal: cuando haya menos trabajo, cuando los hijos crezcan, cuando llegue la jubilación, cuando desaparezcan los problemas. Pero la vida no ocurre en ese “cuando”. Ocurre ahora, en medio de lo imperfecto.
Durante años se ha difundido una frase atribuida al Dalái Lama que lo resume con sencillez:
“Solo existen dos días en el año en los que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y el otro mañana.”
Y John Lennon lo expresó con igual claridad:
“La vida es aquello que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes.”
Ayer ya fue.
Mañana no es.
Solo queda hoy.
Y hoy —si estamos atentos— es suficiente.
