Reflexiones de un peregrino

Empecé a escribir esta reflexión, sentado en la puerta de la Basílica de San Francisco, en Asís, esperando recoger el Testimonium Viae Francisci.

El día 29 de agosto fue cuando inicié el camino que, a lo largo de diez etapas, me ha llevado desde Roma hasta Asís.

Esta experiencia como peregrino, es algo que nunca olvidaré, una experiencia en la que el crecimiento personal y espiritual se mezclaban en todo momento.

Han sido diez días en los que siempre he caminado en soledad y no han faltado momentos en los que me he perdido.

Hoy les quiero hablar de las emociones que he sentido en el último día de marcha: según me daba cuenta de que Asís estaba más cerca, las emociones se iban disparando. Me acordé de la primera vez que vi Asís.

La primera vez fue con dos amigos: Andrea (nombre que en Italia es masculino) y Carlo. Carlo tenía que llevar con su furgoneta unos materiales para un grupo de adolescentes de la parroquia que estaban allí de convivencia.

Con el grupo estaba don Renzo, un cura de la parroquia que había sido mi profesor de religión cuando yo tenía 12/13 años.

Por la noche, vimos que Don Renzo estaba haciendo una actividad grupal en la plaza delante de la Basílica de San Francisco. Leyó un diálogo de la película LA STRADA (de Fellini). Era el diálogo entre Gelsomina y El Loco.

Gelsomina, la protagonista femenina de la película, se siente minusvalorada por Zampanó (el protagonista masculino) y siente que su vida carece de sentido.

Así que El Loco se dirige a ella

«No lo vas a creer, pero todo en este mundo es por algo. Toma, toma esa piedra de allá, por ejemplo».

«¿Cuál?».

“Esta …0 cualquiera. Aquí también esta sirve de algo, incluso esta piedra».

«¿Y, para qué es esta?»

«Es necesaria… ¡pero qué sé yo! Si lo supiera, ¿sabes quién sería?».

«¿Quién?».

«El Padre Eterno que lo sabe todo: cuando naces y cuando mueres. No sé para qué es esta piedra, pero debe ser para algo. Porque si es inútil, entonces todo es inútil. Incluso las estrellas, al menos eso creo… y tú también. Tú también sirves para algo, con tu cabeza de alcachofa».

Esa conversación se gravó en mi memoria y, en el camino, volvió a mi mente.

Pensé «no lo dudes, peregrino, todo tiene un sentido. Aunque a veces no lo entiendas, todo tiene un por qué. Estás por algo en este mundo y todas las personas que se cruzan contigo no lo hacen por casualidad». Así que miré al suelo y recogí mi piedra de Loco y la guardé en mi riñonera, como recordatorio.

Al hacerlo, me acordé de otra piedra, la piedra que hace un año otra peregrina me entregó: una piedra con pintados unos puntos, un punto para cada persona que habíamos compartido aquella experiencia tan linda.

Aquellas personas tampoco se habían cruzado conmigo por casualidad.

Todo peregrino tiene un propósito, un deseo que cumplir, y al empezar a caminar sabía que tenía que escoger qué pedirle al camino. Le pedí cuatro cosas, cuatro propósitos, cuatro deseos: la paz, la luz, la esperanza y el amor.

Esta mañana, escribí que cuando el peregrino se pone en camino sabe y no sabe a dónde irá. Cuando el peregrino llega , sabe y no sabe a dónde ha llegado. Cuando el peregrino está caminando, confía en el camino: confía en que su camino será un camino de luz. Un camino de luz, de paz, de esperanza y de amor.

Tengo que decir que el camino no me ha fallado, que al caminar me he sentido más cerca de una luz que me ayuda a ver más claramente el camino a recorrer. En paz con mi historia y esperanzado en el futuro. ¿El amor? Cada vez que caminando contemplaba las maravillas que me rodeaban me daba cuenta del proyecto de amor que tanta belleza manifiesta. Aprenderé a amar más y mejor, porque las semillas del amor ya están dentro de nosotros.

Sé que aún queda mucho camino por andar y la experiencia que he vivido en estos días me da la confianza de que, pese a mi fragilidad y a mis caídas, Ítaca está un poquito más cerca.

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